De mínimo a máximo. (una reseña)

La física y la matemática cuánticas cayeron en una trampa –necesaria cognoscitivamente- a comienzos de siglo XX, cuando determinaron configurar las partículas más elementales del microcosmos con un sentido esférico. Si bien esto es una abstracción modélica del campo científico, la esfera, y el círculo cual derivación sintética de la primera, poseen una semántica implícita que proviene de los mitos antiguos.

El arte, como otro reproductor del mito creado por el hombre, ha sido un espacio donde por naturalidad se evidencia el imaginario, que no la imaginería, entendido como espacio potencial de la esperanza. Esa ilusión no ha inferido para nada un alejamiento de los goces y agonías del pasado-presente que alberga el ser humano; por el contrario, parece ser consustancial respuesta –incluso crítica- a tantas certidumbres y virtudes adquiridas por nuestras culturas.

De algún modo misterioso esto es perceptible en las indagaciones que Marilú Martínez viene elucidando desde hace un tiempo. Y si digo misterioso es porque no considero necesaria una explicación directa para su poética; más bien su obra exige la necesaria interpretación que permite el juego intelectivo con signos, símbolos, tautologías matérico-conceptuales que en su producción laten desde el sentido procesual que genera para hacer una suerte de introspección.

Revalidando una herencia cultural nuestra –entre nosotros denominada transculturativa y sincrética-, que en ella aumenta por ciertos referentes de orden personal y familiar, Marilú teje una madeja entre lo antropológico y lo ontológico. Porque es consciente de la regresión, del mirar atrás, rescatando –restaurando y conservando, es más atinado- sus historias precedentes. Y esa meditación en sí misma, cual contenedora y recuperadora de una experiencia existencial particular y ancestral, la conduce a una antropologización de su discurso.

Además, en ese empaste inferido, crea un mecanismo de reconocimiento del mundo, del mito –ora desde la cultura, ora desde la tradición que rescata su individualidad-, de la convivencia entre lo ritual y lo funcional (aquí funcional por el sentido utlitario que adquieren las ceremonias y las supersticiones).

Dejada atrás la idea del círculo en tanto símbolo mítico, es sabida la recurrencia a la figura por remitir a la unión de los extremos aparentes, a la armonía de las energías y a simbolizar un (re)ciclo que formal y técnicamente Marilú evidencia no como mero recurso técnico, sino como un contenedor de ese cosmos que es el universo de su experiencia y regresión personal.

Marilú construye el papel con pulpa, sustancia, química y reactivos que la sitúan como una suerte de demiurgo. Cada componente por ella empleado adquiere un sentido, y poco importa si todos son explicables o no: están ahí con su “energía”. Es así como establece un paralelo visual de la Creación y de la obsesión ordenadora humana –que en esta ocasión se reproduce en su persona-. El círculo, como figura esencial, contiene una simbiosis con otras figuraciones que remiten a otros símbolos. Es usual en ella asimilar la representación de objetos domésticos que resultan duales para su uso. Y hallamos, entre otras referencias, la escoba que limpia y “limpia”, que a la vez marca un camino incólume tras el rito y crea esa sensación de armonía y evolución por su secuencia representacional casi “mínimal”.

El universo nebuloso, caótico y ordenable que rodea a sus signos es hijo de un azar “calculado” desde la creación del soporte de papel. Eso me engancha, pues vuelve a recordarme la fatuidad humana de ordenarlo todo sin percibir que el caos siempre está inmanente. Y Marilú, con su expresión procesual, cargada de valores y sentidos conceptuales mediados por una abstracción evocada; nos puede recordar el cosmos.

Frency.
La Habana, Mayo de 2002.