«Estos folios y obras sacadas de molduras, conversábamos y yo elucubraba, son tropos de la huella, acaso existente o construida tras sus pesquisas en lo familiar y el “ordenamiento” popular; son figuraciones o representaciones de lo que para ella es su pensamiento esencial: como esos vestigios de rizomas, sépalos, nervios y madejas que desafían al Tiempo.»
Frency
Cardinal
Ante el desorden axiológico que supone la vida común muchos artistas vuelven a acercarse a las operatorias de ordenamiento y conservación del cosmos “propio”. Tal noción de dominio se trasvasa mediante el ritual, un médium concensuador de las reglas que supone un mundo sacro de origen mitopoético con todo lo que suponemos profano, lo proveniente de la vida cotidiana. Así podemos percibir la propuesta de Marilú Martínez, en la medida que sus folios suponen un espacio simbólico de armonización del macrocosmos y el microcosmos, de lo natural y lo sociocultural, de lo intangible y lo objetivable que conforma al ser humano.
Es evidente para muchos que, entre otras de sus cualidades, el arte también reproduce simbólica -aun energética y funcional- esa noción mítica del hombre. Constantemente nos encontramos con esa suerte de rincones del misterio que ha ejercido nuestra cultura, ora ya cuadras mágicas, murales, altares, mandalas, etc., nuestro milenario cultivo nos mueve entre lo individual y lo universal como una suerte de eje que nos centre con lo que pretendemos o entendemos propio y edificador.
En tal dirección la obra de Marilú es también un remedio a los excesos y defectos de su universo. Crea zonas, superficies y relieves que son espacios, de salvaguarda personal y acaso colectiva. Ana, la Mendieta, y de allá para acá otros tantos, sin conciencia o con ella de cuántos han transitado por ese camino, nos remiten a un diálogo con el pasado-presente.1 En esa re-vuelta a la naturaleza ancestral e inclusiva del arte como una producción significadora, Marilú parece estar bebiendo y debiendo.
En otra ocasión había planteado que sus “documentos” eran indagaciones de un algo misterioso. Decía misterioso por no considerar necesaria una explicación directa para su poética: su obra exige la necesaria interpretación que permite el juego intelectivo con signos, símbolos, tautologías matérico-conceptuales que en su producción laten desde el sentido procesual que genera para hacer una suerte de introspección.
Mas resalto siempre cómo su herencia cultural maximiza ciertos referentes de orden personal y familiar. Marilú proviene, como otros que nos rodean en ese espacio de “lo común”, de cierta tradición que tiene de la ya lógica simbiosis religiosa contemporánea y de una espiritualidad también cultivada habitualmente con un fin expedito para limpiar el camino de quien la cultive.
Estos folios y obras sacadas de molduras, conversábamos y yo elucubraba, son tropos de la huella, acaso existente o construida tras sus pesquisas en lo familiar y el “ordenamiento” popular; son figuraciones o representaciones de lo que para ella es su pensamiento esencial: como esos vestigios de rizomas, sépalos, nervios y madejas que desafían al Tiempo.
Vuelvo a re-visitar cómo Marilú transmuta, conserva, rescata, lo que su genealogía familiar ha mantenido cual un modo de comprender y afrontar la realidad.2 Antes con una obsesión por abordar la idea del círculo con su carácter mítico, más reciente sus obras contienen imágenes arquetípicas que aluden al camino, a los contrarios que culturalmente hemos entendido como pares indisolubles. Son amarres y fijaciones que sostienen la existencia de los suyos. Son corazas que defienden o protegen del daño. Son limpiadores o repelentes de lo que pueda atentarle.
Marilú construye el papel con pulpa, derivados vegetales, plantas, sustancia, química y reactivos que la sitúan como una suerte de demiurgo.3 Cada componente por ella empleado adquiere un sentido, y poco importa si todos son explicables o no: están ahí con su “energía”. Es así como establece un paralelo visual de la Creación y de la obsesión ordenadora humana –que en esta ocasión se reproduce en su persona-. Sus posibles imágenes contienen otras figuraciones que remiten a otros símbolos. Es usual en ella asimilar la representación de objetos domésticos que resultan duales para su uso. Y hallamos, entre otras referencias, la simbiosis entre el mundo vegetal y el ceremonial, entre lo perecedero y lo pertinaz, entre lo que, finito, garantiza una apertura del espíritu.
Nos recuerda el cosmos, me dije, donde el espacio es paradójico porque, si bien está delimitado en apariencia, el control del mismo es parte de cierto azar “calculado” por quien
lo haya creado. Nadie, no alguien, ha podido darnos las respuestas a las grandes preguntas que siempre nos hemos hecho. Nadie ha podido afirmar y probar que Dios exista. Nadie ha podido afirmar y probar que no exista. Ello es algo que queda en los terrenos de lo metafísico mas, lo que sí delata el arte, es que resulta un juego para algunos muy serio donde se reproducen en pequeña escala las dudas y certezas humanas y donde existe una posibilidad de constatar que el hombre sigue siendo un creador de mundos.
Marilú re-crea el suyo, mide su escala, su dimensión, y con él exorciza e invoca lo que ha considerado como importante.
Frency.
La Habana, Julio de 2003.
1 Sólo para recordar: además Elso, Brey, Bedia, Torres Llorca, Luis Gómez, Tania Bruguera, Montalván, Vincench (considero que Marilú se acerca más a algunas claves de este artista respecto a los demás).
2 Es recurrente la alusión a su abuela, que tenía nexos con tales prácticas y creencias del espíritu. En la historia y experiencia de su familia se han dado otros sucesos relacionados con lo mítico mediante su madre y su hermano, que además fue uno de los que más concientizara en su medio consanguíneo la necesidad práctica del culto sincrético y lo llevara a algunas obras que ha realizado en términos “artísticos”.
3 Ello también ha sido posible por sus años de estudio como restauradora, lo que le valió para adquirir conocimientos sobre las técnicas de confección y conservación de materiales que ahora recicla con otra intención en su obra.